La mercantilización de la ciudad. Por José Ángel Campos Salgado



La ciudad no sólo es el conjunto de construcciones que se reúnen para dar cabida a los habitantes de un conglomerado social facilitando sus actividades, sino es fundamentalmente el espacio que queda entre estas construcciones. Son las áreas abiertas las que constituyen aquello que tradicionalmente se entiende por ciudad, las cuales tienen un tratamiento particular que permite su uso cotidiano: movilidad, recreación o trabajo. Estas actividades se practican de manera colectiva e implican el intercambio entre los habitantes, grupos de usuarios que se desplazan de un lado a otro, grupos de personas que descansan o se divierten en los parques, en las calles o en las plazas, y grupos de consumidores y vendedores o prestadores de servicios, los que ponen en juego sus modos de usar los espacios públicos para dar sentido a la vida colectiva.
La condición básica de todos estos espacios es su carácter público, la libertad para ser utilizados sin ninguna restricción, para gozarse sin límites físicos o temporales, sin condiciones salvo los usos que afecten a terceros. Es en el intercambio que se establece entre los ciudadanos que se llega a un común acuerdo para no afectar a los demás. Y sobre estas consideraciones, los espacios públicos de la ciudad en su utilización no tienen precio, son, por decir lo menos, gratuitos, dado que son propiedad de todos y de nadie. Administrados por la autoridad elegida por los propios habitantes pero no concedidos a esta autoridad para que ejerza sobre ellos ninguna soberanía al margen de los ciudadanos.
Cabe precisar que si son necesarias acciones sobre estos espacios estas deben ser puestas a consideración de los habitantes. Diversos mecanismos han sido experimentados en todo el mundo para llevar a cabo esta toma de opinión y cuando ha sido bien llevado este proceso y se han tomado en cuenta sus conclusiones, el resultado se muestra exitoso al momento de volver a tomar la opinión de los usuarios. Todo ello bajo la consideración de que el espacio público es un bien público que no puede enajenarse. No al menos bajo el régimen de propiedad que rige al mundo occidental, derivado de las experiencias del llamado “derecho romano”.
Frente a estas consideraciones resulta alarmante la información dada a conocer por el Jefe de Gobierno del Distrito Federal: sí se cobrará por el uso de la “Vía Express” dijo, pues es una obra financiada por particulares. Como se sabe, esta vía es un camino elevado construido sobre una calle: el Anillo Periférico de la Ciudad de México en su tramo sur poniente, y esto tiene varios significados que es necesario analizar. Por una parte esta la utilidad que esto representa para la ciudad y como puede verse en experiencias anteriores este tipo de vías no son una solución a los problemas de movilidad de los ciudadanos pues la gran mayoría no tiene automóvil y la manera en que el número de autos particulares aumenta día con día en todas las ciudades del país, sólo se explica porque este tipo de obras alientan su proliferación y disminuyen la capacidad financiera de los gobiernos urbanos para invertir en el desarrollo de un transporte público eficiente, cómodo y seguro que pueda ser utilizado por todas las capas sociales, desalentando el uso del transporte privado.

Por otra parte podemos visualizar el sentido de la inversión que se realiza y que al ser de empresas privadas tiene consecuentemente fines de lucro. Se trata de obtener una ganancia y como puede verse en los procesos de obra, también de mantener una planta productiva en constante actividad. Es decir, la inversión no solamente se ha hecho en el momento de realizar la construcción sino ya se ha aplicado previamente en la implantación de plantas de fabricación de las piezas prefabricadas y en la adquisición de materiales para estas elaborar estas gigantescas piezas, en la compra de maquinaria para la perforación de los cimientos y el montaje de las estructuras, en los medios específicos para el transporte de las piezas y al final del proceso, en la contratación de personal, especializado y no, para los trabajos de terminación de las obras. Y a toda esta infraestructura tiene que sacársele la mayor ganancia posible. Por ello, los ingenieros dueños de estas empresas ofrecen sus servicios a los gobiernos de cualquier lugar, dentro y fuera del país y si no hay disposición de estos gobiernos para comprar sus servicios entonces ofrecen invertir ellos, con la condición de cobrar posteriormente por el uso de lo que han construido. Obtienen así una doble ganancia: mantienen su planta productiva y recuperan lo invertido en mano de obra, con mayores beneficios, porque, por supuesto, han pagado los salarios más bajos existentes en el mercado laboral.
Pero si ya esto es grave para los bolsillos de los habitantes de la ciudad y para el sano desarrollo de los procesos de movilidad urbana es peor aun si se considera el fondo mercantil de la decisión: se está poniendo en venta el espacio público de la ciudad, al menos temporalmente. Estas vías corren sobre las calles existentes y ni se pueden comprar, ni se ha pagado por ello, hasta donde sabemos. En este mundo del Neoliberalismo global todo es mercancía y poco a poco alcanza a ponerse en compra venta cualquier cosa, situación de la que no se salva hoy el espacio público que como decimos: es de todos y de nadie. Y si una calle vive esta situación no puede extrañarnos que también la voluntad de los habitantes del país se haya puesto en el mercado dando como resultado un elección presidencial ganada a base de votos comprados, cuyo resultado es absolutamente ilegitimo e inaceptable. Ha llegado el momento de detener completamente estos perversos procesos.

Septiembre, 2012

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