NUEVO EVENTO!!!

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¿Qué son seis meses en una casa abierta al tiempo?

 ¿Qué son seis meses en una casa abierta al tiempo?

 

¿Qué son seis meses en una casa abierta al tiempo?

*Juan Eduardo Bárcena Barrios

Sin el afán de aprovechar el espacio que aporta El Trazo Semanal para hablar únicamente de mi experiencia subjetiva (e inevitablemente sesgada) de la docencia, me parece pertinente contribuir con lo que pudieran ser una reflexión de interés para la comunidad académica de esta institución, a partir de mis dos primeros meses como parte del personal docente de mi alma mater.

Habiendo empezado mi carrera académica en el sistema de Tecnológicos Nacionales en la frontera norte, pasando también por la educación privada, ha sido notable el contraste entre la educación clásica escolarizada y los ideales y objetivos que el sistema modular promueve desde la enseñanza. Con problemas por demás apremiantes, empezando por el tema seguridad, pasando por migración y rematando en la tecnificación radical sin una planificación urbanística sustentable, la frontera norte adolece de los problemas sociales que trae consigo la política económica de fungir como camino entre la maquiladora y los cascos urbanos terciarizados, un ciclo que ni la recesión, ni el vaivén entre demócratas y republicanos, ni la violencia del crimen organizado han podido interrumpir, por un bien en común, el flujo de la riqueza.

En este panorama, las disciplinas relativas al hábitat se enfocan, y con razón, a la solución técnica de lo constructivo, ya sea para engrasar este sistema de engranajes económicos, desde la concreción de más industria y lugares de comercio, o aprovechando la marea creciente de la especulación urbana. La docencia, por tanto, desde la experiencia de los profesionistas que han ejercido en este ecosistema, perpetúa dicha visión en la solución de espacios habitables.

Si bien resultaría un despropósito la comparativa entre los problemas que enfrentan la sociedad de la frontera norte con la de la capital del país, en estos primeros dos trimestres como docente en la UAM, fueron disipadas las dudas (si en algún momento las hubo) del valiosísimo aporte de la visión holística de la relación entre el hábitat (como territorio y objeto) y el habitante (como colectivo e individuo).

Hay muchos recursos para documentarse sobre las extensas y cuantiosas virtudes del sistema modular, incluso, desde la posición de privilegio que posibilita nuestra universidad, de escucharlas de las palabras de aquellos que volvieron praxis la teoría que ahora bombardeamos con gran comodidad quienes, desde la mejor de las intenciones, buscamos aprovechar nuestra inexperiencia y optimismo para adaptar el modelo a nuestro contexto actual, que, en muchos casos, nos ha tocado padecer. Después de todo, el camino a tomar después de la universidad está lleno de incertidumbre; el flamante exalumno, que contempla el océano de posibilidades que ofrece ejercer su profesión, encontrará muchas veces como lo más sensato dejarse llevar por la corriente, que no necesariamente llevará a tierras fértiles y aguas tranquilas.

En la búsqueda por insertarse a la economía del país, quien tiene la oportunidad de dedicar tiempo a la reflexión se dará cuenta que se necesita con carácter urgente una reestructuración sistemática y democrática, acompañada de un cambio de las condiciones materiales de la sociedad; claro que el hábitat forma parte de ellas. Tomando lo mejor de ambos mundos, frontera y capital, el conocimiento técnico y empírico de la construcción brinda la posibilidad de materializar aquello que se gestó desde la investigación del objeto de transformación, como una oportunidad de incidir no solo en los ideales de los futuros profesionistas, de los colectivos y el habitante, sino de cambiar el escenario donde se da la vida en el día a día, el monstruo metropolitano, principal objeto de transformación de la universidad.

Seis meses resultan muy poco para pretender que se tiene respuesta a cómo mejorar cualquier cosa, pero como dicen, “cada uno habla de la feria según le va en ella”, y en mi caso no resulta complicado reconocer lo factible que fue en su momento caminar una senda donde poco o nada hubiera podido aportar de la visión integral del hábitat que me brindó el sistema modular. La concreción de la realidad material lleva delantera desde la visión positivista, por lo que es indispensable identificar los reales y verdaderos medios por los cuales será posible incidir cualitativamente en nuestra realidad inmediata. El panorama es el siguiente: la vivienda digna es un bien utópico para la mayor parte de la población, se imprimen viviendas 3D con programas arquitectónicos genéricos, la inteligencia artificial zonifica la vida de quien pueda adquirir el equipo y software necesarios y la infraestructura de todo tipo colapsa ante el incremento poblacional y la desatención de las administraciones públicas; ante ello, se hace necesaria la aceptación de la tecnificación con visión y contenido legislativo desde la docencia, sin dejar de lado las ciencias sociales; la UAM, como casa abierta al tiempo, abraza la incertidumbre como lienzo para diseñar mundos posibles, plurales y congruentes, y como profesor de teoría e historia, no descarto el caos como escenario desde el cual los futuros diseñadores construirán los cimientos de la esperanza de un cambio para todos.

 


*Mtro. Juan Eduardo Bárcena Barrios

Profesor asociado, departamento Teoría y Análisis

SEPTIEMBRE, 2024

DESAFIOS POLÍTICOS Y ARQUITECTÓNICOS

DESAFIOS POLÍTICOS Y ARQUITECTÓNICOS

 

DESAFIOS POLÍTICOS Y ARQUITECTÓNICOS

José Ángel Campos Salgado*

En estos tiempos de elecciones es un hecho la sorprendente votación a favor de la candidata Claudia Sheinbaum, ello hace necesario reflexionar sobre diversos aspectos que esta situación conlleva. Inicialmente debemos considerar el trabajo del presidente saliente; su ejercicio cotidiano de comunicación con la población mexicana a lo largo de casi seis años, logró una toma de conciencia sobre la situación del país que hasta ahora sólo estaba en la mente de los estudiosos del tema. Esto explica en parte ese resultado. A partir de esa condición se da el triunfo referido y se plantea el primer desafío: sostener el proceso que considera atender primero a los más desfavorecidos del sistema, para continuar la reducción paulatina de las desigualdades presentes en el país.

Es evidente que la candidata electa tiene la preparación y las cualidades necesarias para mantener este propósito, a pesar de las enormes barreras que están poniendo los poderes fácticos y que aumentaran conforme pase el tiempo en el ejercicio de la presidencia. De tal modo que podemos considerar que el siguiente desafío será la sucesión de esta primera presidenta de México, es decir, se debe pensar que hacer para ese momento que necesariamente va a llegar en 2030. Encuentro aquí una primera similitud entre el ejercicio de la política y el proyecto arquitectónico: se trata de imaginar como se vivirá ese momento en la convivencia de la población del país, tal como los arquitectos pensamos cómo será el uso vivencial de los espacios que proponemos para la apropiación de quienes vivirán esos espacios a futuro.

Por otra parte, están las tareas que deben realizar los arquitectos si quieren colaborar en el proyecto de superar las inequidades presentes en nuestro país. El gobierno saliente ha puesto los cimientos de la transformación así que, partiendo de esta condición tenemos que imaginar como será la edificación de lo que sigue. He aquí otra similitud con nuestro ejercicio profesional. El desafío es que no conviene modificar esta cimentación, a menos que encontremos que algo esta mal planeado o mal construido.

Hay que aceptar que vivimos en un sistema en el que el capital sigue siendo el rector del proceso de desarrollo; el Estado no puede salir de este sistema, aunque sí puede propiciar que se realicen las obras necesarias para servir a una población que carece de mucho. Esta a la vista lo que se requiere. En el plan de gobierno de la virtual presidenta electa se ha anunciado la construcción de millones de viviendas pues esa actividad se dejó en manos de inversionistas cuyo objetivo no era resolver la carencia de ese satisfactor sino obtener la mayor ganancia posible de su inversión.

Ahí está otro desafío para los arquitectos conscientes y con una ética social probada: miles de viviendas para una población diversa, en una inmensa variedad de situaciones, tantas como existen en nuestro enorme territorio. Las viviendas realizadas por los especuladores inmobiliarios son iguales independientemente de para quienes serán y donde se van a ubicar, y la oferta se limita a la posible capacidad adquisitiva de los acreditados por los organismos de apoyo a los trabajadores. La vivienda digna tiene que partir de la cultura de cada lugar y de cada grupo de usuarios y proponer las cualidades de los espacios y las percepciones que ofrecen, no sólo los metros cuadrados. Es un gran desafío para los arquitectos de hoy.

Por último, si la propuesta de la candidata electa es construir un millón de viviendas estas van a impactar a las ciudades del país. Los especuladores inmobiliarios nunca consideraron las consecuencias urbanas de sus inversiones; los arquitectos de hoy tienen que tener presente el modo en que sus proyectos se van a integrar y van a enriquecer las ciudades donde se construirán. El desafío es sostener esta condición positiva para unas ciudades que pretenden recuperar la vida en comunidad y no mantener el aislamiento donde cada quien sólo se ocupa de si mismo. Otros desafíos se presentarán para el nuevo gobierno que igualmente serán un reto para los profesionales de la arquitectura formados con otra visión. Habrá que estar atentos.



Julio 2024.

*Doctor en arquitectura y profesor investigador de CyAD-X.

Calakmul herido

Calakmul herido

 

Calakmul herido*

 Juan Carlos Rojo Carrascal**

Siempre he tenido una especial atracción por la selva. Aunque parezca un lugar inhóspito para el ser humano, considero que son los lugares óptimos para su supervivencia en condiciones naturales. Otros lugares en otras latitudes (tundras, desiertos, bosques templados) o en otras altitudes (como el altiplano o las zonas montañosas en México) hemos tenido que enfrentar las inclemencias climáticas adecuando nuestras condiciones de vida para soportarlas. Es decir, sin las construcciones climatizadas, ropa, fuego u otro tipo de energías, no habría manera de sobrevivencia.

El pasado fin de semana visité la Biósfera de Calakmul, una selva excepcional con una biodiversidad extraordinaria donde por cientos de años las comunidades mayas han sabido sostener -de una u otra forma- ese complejo equilibrio entre la actividad humana y el impacto que esta genera en el territorio que habitan. Actualmente, se está viendo amenazada esta armonía por las nuevas intervenciones en pro del “desarrollo turístico” que, definitivamente, no hace buena mancuerna con la conservación de las áreas naturales.

El propósito de mi visita fue conocer sitios arqueológicos mayas. Tuve oportunidad de visitar algunas de la zona de la región Rio Bec como Chicaná, Hormiguero y Becán, aunque la visita estelar fue la zona arqueológica de Calakmul -ya perteneciente a la región del Petén Maya- que junto con Palenque y Tikal fueron las ciudades más importantes en el Preclásico y Clásico Maya. Esta zona arqueológica tiene la distinción de Patrimonio de la Humanidad Mixto, por los valores arqueológicos y naturales que contiene, ya que se encuentra en el corazón de la Biósfera de Calakmul que es considerada la segunda masa forestal más grande de Latinoamérica, sólo detrás de la Selva del Amazonas.

Las Reservas de la Biósfera son una de las seis categorías de Áreas Naturales Protegidas. Según lo describe la SEMARNAT -basada a su vez en la definición de la UNESCO- “Las Reservas de la Biósfera son espacios que por su naturaleza se consideran adecuados para la conservación, la investigación científica y la aplicación de modelos de desarrollo sostenible con base en el trabajo de las comunidades locales”. A partir de este concepto haré énfasis en la importancia de este lugar y los evidentes riesgos que se están generando por la construcción del Tren Maya. Particularmente el tramo siete (Chetumal-Escárcega) que atraviesa una parte de esta Biósfera.

No voy a polemizar más de lo que ya se ha hecho con este proyecto. Personalmente simpatizo mil veces más con las vías del tren que con las carreteras como alternativas de comunicación y medio de transporte. Si algo ha sido letal para la fauna silvestre son los miles de kilómetros de carretera construidos en el país sin considerar sus necesidades naturales de desplazamiento en su territorio.

Solo el 11 por ciento del territorio nacional es considerado Área Natural Protegida, lo que entre otras cosas significa que solo en estos lugares la fauna silvestre goza de relativa protección y en el resto de la superficie, que es el 89 por ciento del territorio nacional, la humanidad incide y pone en riesgo continuamente a toda forma de vida silvestre. Siendo objetivos, estas proporciones debiesen estar a la inversa, pero hemos dispuesto “acorralar” los frágiles ecosistemas naturales en pequeños reductos como si fueran museos para la conservación natural.

Por todo lo anterior, la incursión del Tren Maya en la Biósfera de Calakmul es una operación quirúrgica de alto riesgo. Una herida grave. El solo paso del tren quizá no implicará tanto impacto como todo lo que conlleva el proyecto y su puesta en marcha. Actualmente se construye un “hotel ecológico” -nada modesto según aprecié- muy cerca de la zona arqueológica, en medio de la Biósfera. Esta y otras obras complementarias que se presume promoverán un incremento importante de turismo pondrán en riesgo a muchas comunidades mayas que hasta la fecha habían sabido entender y compartir la selva y sus recursos mediante una sana convivencia con el entorno que los rodea. Por lo pronto, el ritmo de la construcción y el continuo paso de vehículos pesados atravesando la selva están marcando un significativo deterioro ambiental inédito en este lugar.

Pasé dos noches en la comunidad 20 de Noviembre donde aprendí infinidad de cosas en pocas horas. Las artesanas y artesanos de este lugar muestran con orgullo sus productos y ofrecen talleres a quien quiera aprender a hacerlos. El lugar es un modelo de desarrollo sostenible. La comunidad no tiene hoteles, pero se las arreglaron estos días para albergar y alimentar a varias decenas de visitantes mexicanos, finlandeses y franceses. A partir de esta visita, nos hicieron descubrir la grandeza de lo sencillo, el valor de los entornos naturales y el orgullo de la cultura maya que aun está presente y de la cual siempre tendremos mucho que aprender.

Regresé convencido de una teoría muy personal: Las antiguas civilizaciones mayas, luego de vivir por siglos en aquellas ciudades, se retiraban de ellas para iniciar nuevos asentamientos en otras latitudes por respeto al entorno y sus ciclos naturales. Ellos sabían de límites, tal vez por eso nunca se asentaron de forma masiva sobre las costas, siempre al interior del continente. Hoy, los nuevos “colonizadores” de estas regiones -los del siglo veintiuno- no saben de límites. Pronto nuestra lacerada naturaleza nos pasará factura.









 

*Tomado de El Noroeste Culiacán Sinaloa 25.03.2024.

**Arquitecto, Maestro en Arquitectura, Doctor en Geografía y profesor de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Sinaloa.

 

Julio 2024

 

Culiacán, un barco a la deriva

Culiacán, un barco a la deriva

 

Culiacán, un barco a la deriva*

 Juan Carlos Rojo Carrascal**

 Las ciudades necesitan contar con un plan estratégico urbano que garantice su sostenibilidad. El ritmo de expansión anárquico de la ciudad de Culiacán no garantiza condiciones de habitabilidad para una siguiente generación, mucho menos para las posteriores. Es decir, no se trata de pensar en el Culiacán que le vamos a dejar a nuestros hijos sino el que recibirán los nietos y bisnietos de ellos. La inmediatez no aplica en el urbanismo. Tratar de resolver por partes los problemas que se van presentando no resuelven la ciudad solo incrementan cada vez más sus infinitas demandas. 

Hace unos días fuimos testigos de la colisión del carguero Dali contra el puente Francis Scott Key de Baltimore. El peso del carguero de 300 metros de eslora con 4 mil 679 contenedores de más de 25 toneladas de peso cada uno hizo ver al puente como una frágil estructura de naipes. Las causas del accidente no están claras, lo único seguro es que el buque “perdió el rumbo” poco antes del cruzar el puente e impactó con uno de sus soportes. Ver el video de este suceso no pudo evitar en mí evocar, de manera metafórica, el futuro de una ciudad sin un adecuado plan estratégico urbano. No tener rumbo ni visión clara de hacia dónde vamos como ciudad implica tener un riesgo latente de colisionar en cualquier momento como lo hizo el Dali.

Culiacán requiere de una “carta de navegación”. La sistemática depredación de miles de hectáreas de bosques caducifolios que la rodean y que hasta ahora eran su principal fuente de servicios ambientales comienza a impactar de forma multifactorial en la ciudadanía. Actualmente, se está sufriendo una de las peores crisis hídricas de su historia y la ciudad seguirá padeciendo el incremento de olas de calor nunca antes registradas. Por consiguiente, serán cada vez mayores los padecimientos de salud en su población como claros efectos colaterales de un mal desarrollo urbano, entre los que se pueden mencionar los padecimientos del corazón o pulmonares, la diabetes, los golpes de calor, el estrés y la creciente cantidad de víctimas de cualquier edad por hechos viales totalmente evitables.

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Las ciudades necesitan contar con un plan estratégico urbano que garantice su sostenibilidad. El ritmo de expansión anárquico de la ciudad de Culiacán no garantiza condiciones de habitabilidad para una siguiente generación, mucho menos para las posteriores. Es decir, no se trata de pensar en el Culiacán que le vamos a dejar a nuestros hijos sino el que recibirán los nietos y bisnietos de ellos. La inmediatez no aplica en el urbanismo. Tratar de resolver por partes los problemas que se van presentando no resuelven la ciudad solo incrementan cada vez más sus infinitas demandas.

En estos días varias y varios aspirantes a la presidencia municipal de Culiacán comenzarán sus campañas. Seguro prometerán resolver el caos vial, la dotación de servicios, disminuir la violencia, mejorar parques, desaparecer baches y todo eso que suelen ser las mayores dolencias de la ciudadanía. Quizá no sea la mejor estrategia de campaña ofrecer la construcción colectiva de un plan estratégico urbano, sin embargo, es un paso que debiese considerar quien desee “conducir la nave”. Una verdadera “carta de navegación”. Quien asuma la presidencia tendrá en sus manos la oportunidad de promover un verdadero cambio. Una transformación que deberá partir de un innovador ejercicio de participación y consulta ciudadana que derive en la definición de qué ciudad queremos que sea Culiacán en las próximas décadas: Lo que sería una visión estratégica de ciudad.

Esta nueva “carta de navegación” deberá responder a los lineamientos internacionales (Objetivos de Desarrollo Sostenible, Nueva Agenda Urbana, Acuerdos de París, Carta de la Tierra, entre otros) para afrontar el cambio climático, el incremento de padecimientos crónicos, la discriminación e infinidad de injusticias que hoy se viven en nuestras ciudades.

Administración tras administración han dejado pasar grandes oportunidades y han seguido actuando de una manera inercial: Si hay demanda de vivienda se permiten más fraccionamientos cada vez más lejos y desprovistos de necesidades básicas. Si hay congestionamiento vial se hacen más anchas las calles, se construyen puentes, túneles y se pavimenta más. Si se genera más basura se compran más camiones de recolección y se construyen más rellenos sanitarios. Si hay más inseguridad se compran más patrullas y armas. Si hay más enfermos se hacen más hospitales y clínicas. No se puede seguir con este estilo apagafuegos.

Con un Plan Estratégico Urbano se puede revelar la existencia de suelo suficiente al centro de la ciudad para cubrir la demanda de vivienda que la ciudad tiene. Para ello se requerirán novedosos instrumentos normativos que rompan con la dañina especulación del suelo que hoy existe. Los congestionamientos viales se pueden diluir mediante un plan de movilidad urbana sostenible que apueste por otras alternativas de transporte (colectivo, bicicleta y peatonal) y a su vez, induzca a desarrollar la accesibilidad. Es decir, cubrir las necesidades de la ciudadanía (incluyendo la niñez y adultos mayores) a corta distancia de tal manera que no se le obligue diariamente a largos desplazamientos.

Para el tema de la basura, los esfuerzos se deben redireccionar a la reducción sistemática de los volúmenes y no a seguir deteriorando suelos. La inseguridad tiene mucha relación con la calidad y la capacidad de uso del espacio público (que incluyen las calles y banquetas). Una ciudad es para vivirla y no para esconderse de ella. En la medida de que las condiciones de sus calles, y sobre todo de sus banquetas, parques y plazas nos inviten a salir a caminar y a usar de forma constante el espacio público haremos una ciudad más segura y, sobre todo, más saludable. La salud de las personas se cultiva fuera de los hospitales y de las clínicas.

La (o el) presidente municipal en turno tendrán en sus manos la oportunidad de trascender en la historia de Culiacán. Esta nueva visión de ciudad deberá ser aprobada por gente convencida de que el futuro de la ciudad, su ciudadanía y de sus futuras generaciones está verdaderamente en riesgo de una colisión. Debemos afrontar cambios significativos. Aún estamos a tiempo de trazar el rumbo y navegar con seguridad las turbulentas aguas que se avecinan.














*Tomado de El Noroeste Culiacán Sinaloa 08.04.2024.

**Arquitecto, Maestro en Arquitectura, Doctor en Geografía y profesor de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Sinaloa.

 

Julio 2024

 

Mamani y el espejo de la modernidad

 

Mamani y el espejo de la modernidad

Javier Caballero Galván*

 

Cruzar el espejo que la modernidad nos ha impuesto, no parece ser una alternativa viable para los pueblos que ven en él su propia imagen devaluada. Sin embargo, el arquitecto aymara Freddy Mamani, nos demuestra a través de sus edificios y de su enorme creatividad, que no sólo es posible atravesarlo sino estrellarlo en nombre de la dignidad.

 


Freddy Mamani es un arquitecto, ingeniero y constructor aymara que decidió traspasar el “espejo” de la modernidad. Un acto que, desde mi perspectiva, es el resultado lógico de la resistencia que ha ejercido un pueblo al que a sangre y fuego se le ha intentado grabar en el rostro el signo de la subordinación. Hoy, sino de manera general, muchos indígenas bolivianos se colocan delante de este “espejo” para mirarse en la lucha y recordar que no se puede vivir sin dignidad. Por ello los edificios que Mmani diseña y construye, conmueven e impactan, justo porque se está delante de una afrenta espacializada; una obra que desafía no sólo al paradigma arquitectónico promovido por la academia, sino a toda una ideología que ha intentado convencernos de que aceptar el lugar en el mundo que la modernidad nos ha asignado, es el único horizonte posible. Se trata sin duda de un manifiesto que no puede pasar desapercibido, justo porque señala asertivamente la descentralidad del lugar de enunciación dominante hasta ahora localizada en el sujeto moderno.

Este “espejo” al que nos referimos, es una metáfora interesante del efecto ontológico que ha producido la modernidad. Como sabemos, el proceso de imposición civilizatoria europea que ha operado en el territorio americano durante más de 500 años no sólo ha consistido en la explotación de la naturaleza y de la fuerza de trabajo local, sino que ha construido un sistema social perfectamente articulado sobre la base de un sujeto “superior”. Me refiero al sujeto moderno, a esa abstracción conceptual que se materializa a través del color de la piel, del dato sexual, del dato cultural o religioso y que permite controlar sus dividendos. En este sistema, el sujeto moderno es “superior” per se, y no existe mayor explicación; todo aquel que no sea moderno, es inferior y no hay forma de modificar este principio elemental.

Aunque hoy puede parecernos completamente absurdo, las prácticas sociales contemporáneas nos desmienten y nos demuestran que se trata de un principio vigente. Una permanencia extraordinaria porque la tesis por sí misma es sumamente frágil: ¿por qué este sujeto es superior? ¿Por qué su superioridad óntica tiene como base el dominio material? ¿Por qué es superior el color de piel blanco? ¿Por qué el arte burgués, blanco y masculino es mejor que la “artesanía” indígena? Así que sabiendo que preguntas tan ingenuas cimbran con facilidad el edificio de una organización social absurda, se optó por construir un referente marginal que fuera consciente de su propia irrelevancia existencial. En otras palabras, se produjo un “otro” automáticamente inferior, al que no se tuviera que estar convenciendo de ello: que simplemente lo fuera y lo supiera.

La estrategia se fue encontrando gradualmente en el proceso mismo de modernización, pues se descubrió que, a los sujetos no europeos, no blancos, no hombres y no burgueses se les podía extraer con facilidad su propio trabajo; una acción que los vaciaba y los dejaba sin contacto con el mundo que producían. La enajenación fue y ha seguido siendo, el principal instrumento de la colonización y del proceso de aculturación más eficiente, justo porque se trata de un fenómeno que pone delante de los explotados el “espejo de la modernidad”, es decir,  la devolución de una imagen devaluada y fragmentada de sí; una imagen que los coloca por debajo de aquel ser inexplicablemente “superior” que los flagela y les impedía comprender por qué es este el lugar que les corresponde. Este efecto especular ha generado con el tiempo la frontera que separa la zona del ser de la del no-ser, si gustamos remitirnos al pensamiento de Fanon, o bien, a la línea abismal, que escinde la existencia relevante de la no existencia, si preferimos recurrir al pensamiento de De Sousa Santos. En cualquiera de ambos, el “espejo” es un dispositivo de control que bloquea la mirada hacia adentro y hacia afuera, y produce un sin sentido que impide comprender que existen dos zonas. Y es que justamente de eso se ha tratado la estrategia, de impedir que el que está del otro lado de la línea (el marginado y excluido) sea incapaz de concebir tanto su lugar de enunciación como la posibilidad de trascenderlo.

La arquitectura es por ello un ejemplo excelente de este proceso. Por un lado, es una actividad que depende completamente de la especialización técnica y artística; y por el otro, se trata de la materialización de los códigos que el sistema de exclusión reproduce. En efecto, los trabajadores que la hacen posible dejan de sentirla como suya porque sin saberlo son despojados de los códigos necesarios para hacerlo; espacio sin significado es un espacio lleno de nada. La ilegibilidad de lo habitable produce la extrañeza que es constitutiva de ese “otro” moderno.

Ahora bien, ¿de qué forma estos códigos son sustraídos? ¿existe forma de evitarlo? Un factor necesario para ello podría ser evitando que los productores sean despojados de su trabajo, cosa que se antoja compleja dentro del modo de producción capitalista. Pero existe un atajo que bien podemos promover, a saber, la responsabilidad académica, la obligación de concientizar y concientizarnos del efecto que causa la rigidez del paradigma disciplinario, esto es, de una práctica que se niega a reconocer que existen otros saberes y otros valores que la forman; narrativas que pretenden negar la diversidad de la arquitectura porque no se aceptan las historias, tradiciones y estilos de vida que se encuentran fuera de la modernidad.

En este sentido, la academia arquitectónica puede ser tan severa como las demás, pues concibe una sola forma de producir su objeto de estudio y no admite ni variaciones ni confusiones. Y es comprensible porque mucho le ha costado sistematizar un oficio que de alguna manera no ha dejado de serlo; porque la arquitectura nació siendo eso, un oficio que poco tiene que ver con la formación rigurosa y técnica que se impone en las aulas y en los tratados.

Tenemos que comenzar por reconocer que la propia academia se ha encargado de ir marginando a los trabajadores de un conocimiento que antes les pertenecía y que dominaban a partir de la estructura de su vida cotidiana. Se sustrae el saber popular y se le da una base “científica” para modernizarlo y legitimarlo ante un gremio que no puede pensarse más allá de su propia “especialización”. De esta manera, al que antes era el artífice de la producción espacial, hoy se le otorga el estatuto de neófito o más radical, de ignorante.

Mamani sufrió este revés a pesar de haber pasado por la Universidad Mayor de San Andrés, ya que, incluso habiendo estudiado ingeniería y posteriormente arquitectura, se le relegaría del gremio porque a decir de los “especialistas”, el arquitecto aymara tiene una lógica bidimensional no espacial, y en consecuencia genera fachadas como si estuviera trabajando con textiles. Según éstos, nada que ver con el arte de crear “espacio”. Sin embargo -lo que este ignora- es que el “espacio” es otro en la marginalidad constitutiva, tiene otra forma en la zona del no-ser, y esto es justo la que Mamani acarrea en sus criterios de diseño.

La modernidad pronto supo que eso podía ser un problema y de alguna manera se obligó a trabajar con un conocimiento sistematizado en el lugar de “todos”, en el espacio público, pues ese“otro” no podría ejercer su “inferioridad” si los códigos en las ciudades seguían siendo producidos desde su “extraña” zona. La arquitectura homogénea capaz de aniquilar el factor cultural en el que se reproduce esa otredad, comenzó a realizarse con el argumento de la necesidad de vivienda masiva. La maqueta con la que soñaba incansablemente Le Corbusier y toda la Bauhaus, comenzó su diatriba. La ciudad moderna, concebida no en la forma de vida de la gente ni en los modos de organización comunal, sino en el restirador de algún urbanista sacado de la Escuela de Chicago, comenzó a funcionar como un espejo de dimensiones descomunales que se ha encargado de devolverle a los habitantes no urbanos una imagen de atraso y subdesarrollo, y un sentimiento de exclusión a todas las personas hacinadas en las zonas conurbadas (“coincidentemente” donde se encuentra la zona del no-ser).

En este sentido, la academia ha creado y difundido las tramposas etiquetas de “arquitectura vernácula”, “autoconstrucción” o “arquitectura popular”, para intentar encapsular a todas aquellas producciones espaciales que no nacen de lo que Bolívar Echeverría llamó el “estado de partitura”, es decir, esa región temporal en el que la idea, organizada y racionalizada bajo cánones específicos, aún no se materializa.

En consecuencia, la arquitectura que produce la gente y que tiene la virtud de formarse en comunión con el territorio, con las condiciones naturales y culturales específicas de su tiempo -la que podríamos llamar verdadera arquitectura orgánica-, es vista como un residuo histórico que arroja a todos sus habitantes y productores a la vitrina del museo patrimonial. Y es en esta línea donde se sitúan todos los detractores de Mamani, pues resulta intolerable para ellos saber que el “espejo” -por un instante- dejó de funcionar: el alarife aymara que estudió arquitectura decidió avanzar hacia este y estrellarse contra él, y entonces supo que su trabajo tenía valor; Ddecidió hacerse consciente de su lugar de enunciación. Por supuesto, Mamani no produce ni una arquitectura orgánica -en el sentido definido con anterioridad-, ni una arquitectura ajustada a los cánones académicos. ¿Qué es entonces lo que crea? ¿Cómo entender o leer la sintaxis visual que nos propone este artista?

Como mencionamos, Mamani dejó de ver su imagen devaluada en el “espejo” y sin proponérselo, se imaginó del otro lado; soñó -y así lo demuestran sus creaciones- con una modernidad aymara, con una forma de hacer arquitectura tardomoderna en El Alto, Bolivia. Y tal y como se exige en la formación arquitectónica en cualquier parte del mundo, innovó una morfología espacial que no tiene parangón.

Concibió el cholet, nombre peyorativo que combina la palabra chalet -vivienda unifamilar construida con madera característica de la campiña alpina- con la palabra cholo -nominación discriminatoria que recibe la población urbana con ascendencia indígena-, y que, en palabras del propio Mamani, decidió aceptar como acto de reivindicación. Comenzará de esta forma a conocerse su obra la cual será el resultado directo de localizarse del otro lado del “espejo”. Desde luego, no pensemos que con ello Mamani está cuestionando o poniendo en tensión a la modernidad capitalista; tampoco está pretendiendo modificar la forma en que se produce la arquitectura contemporánea. El cholet es el resultado de una pulsión que según nos explica Lefebvre, yace contenida en la realización del proceso de enajenación.[1]

La clave, desde mi perspectiva, es que Mamani no abandonó el concepto de la decoración; por el contrario, mantuvo -con base en la arquitectura de Tiahuanaco- el binomio inseparable de objeto-ornamento. Una fórmula que curiosamente también fue escindida durante el proceso de modernización, porque la decoración, justo a finales del siglo XIX en Europa, comenzó a considerarse como un añadido y una sobreposición completamente prescindible; una escisión perturbadora que me atrevo a afirmar no forma parte del sistema de conceptos que rige la estética de casi todos los pueblos premodernos. Pero la civilización moderna lo arranco después de su fase barroca y decidió internarse en el oscuro pasaje de la funcionalidad.

Para el siglo XVIII, el clérigo y matemático veneciano Carlo Lodoli, ya había comenzado a abogar por una arquitectura racionalista libre de la seducción sensorial que pregonaba el barroco contrarreformista; una arquitectura generada únicamente a partir de su función y carente de elementos ornamentales que para él no tenían ninguna utilidad. Pero será con el arquitecto austriaco Adolf Loos, que quedarán asentadas las bases de la expulsión del ornamento que ha permitido clasificar a todas la producciones espaciales y culturales fuera de Europa, como atrasadas. Loos incluso sentenció que el ornamento era un delito, y que la decoración había dejado de formar parte de la cultura europea, de la civilización y del futuro.

En este sentido la obra de Mamani se vuelve sumamente provocativa, y estresa a todos los arquitectos/as formados bajo la guadaña de la modernidad; la estridencia del color y la profusión de elementos que encuentran su razón y finalidad dentro del sistema que la obra misma propone, no tiene forma de ser juzgada y/o entendida. Por ello se etiqueta Mamani de “fachadista”, porque a decir de ellos, sólo agrega elementos en la fachada sin alterar la calidad del espacio interior. Pero el arquitecto aymara piensa en otra cosa, porque justo esta decoración que usa de manera tan categórica es la parte invisible de la pulsión de esa forma natural que la enajenación continuamente está tratando de aniquilar. Una pulsión que un día vence y desvela la potencia del trabajo no enajenado, aquel que le pertenece al trabajador, y que, al hacerse consciente de ello, modifica la forma en que se mira en el “espejo de la modernidad”.

La dignidad con la que Mamani diseña, debería ser un aliciente no sólo para todas las personas que consideran que su forma de imaginar el mundo es inocua, sino sobre todo para un gremio que peca de soberbia y que mucho podría hacer si decidiera incluir entre sus paradigmas la imaginación, la resistencia y la diversidad.

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*Estudiante del Doctorado en Ciencias y Artes para el Diseño, UAM-X.

Referencias:

 

Echeverría, B. (Ene-Jun 2006). “Lefebvre y la crítica de la modernidad”. Veredas. Vol. 7 (12) pg. 33-37

 

 



[1] En su texto “Lefebvre y la crítica de la modernidad”, Bolívar Echeverría explica que el concepto de enajenación en Marx puede dejar de ser entendido como un concepto acabado; como si el capital, en su proceso de reproducción, le sustrajera el trabajo al sujeto de una vez por todas y para siempre, y decidiera depositarlo en el objeto. Lefebvre -nos dice Echeverría- nos obliga a comprender que la enajenación es más un acontecimiento que un destino, algo que tiene que estar ocurriendo permanentemente porque el valor de uso generado por el mundo de la vida, se renueva siempre. “La enajenación está siempre aconteciendo porque la forma natural siempre está reviviendo y siendo subordinada, subyugada por la forma de la valorización, por la acumulación de capital, por el valor valorizándose.” (Echeverría, 2006, pg. 36).


JUNIO,2024

El Trazo Semanal, 15 años y la incertidumbre del relevo generacional en CyAD

 


Alejandro Ochoa Vega*

 

Pues resulta que se cumplen 15 años de este medio de difusión de temas de diseño, como periódico mural y blog, con el apoyo inicial de mis amigos y ex alumnos  Fernando Minaya, Pamela Vicke, y mi área de investigación, Procesos Históricos y Diseño (PHyD) del Departamento de Métodos y Sistemas (MS), como respaldo. Un esfuerzo que nace de un interés personal añejo, por el valor de las notas periodísticas, y hemerográficas en general, las cuales he recapitulado por años y que seguro no me alcanzara la vida para organizarlas, digitalizarlas y compartirlas en números futuros de El Trazo Semanal (TS).

Después al emigrar Fer y Pame a la UAM-A, mis alumnos de servicio social han sido claves para llegar a este aniversario. No obstante, con todo y que hubo apoyo de la Dirección hasta marzo de 2020 para su impresión y que pudiera crecer con nuevas vitrinas, que hacen al TS visible en casi toda la Unidad, la pandemia detuvo su versión impresa por dos años, y al volver, la nueva gestión de CyAD cerró la oficina de Vinculación Externa (donde se imprimía) y han sido PHyD y MS los que han hecho posible que sobreviva, aunque con una periodicidad quincenal, y ya no semanal. El contexto interno de la División, Unidad y UAM en general, así como el externo nacional e internacional, hace difícil mantener un esfuerzo académico, que, aunque muy modesto, si requiere un apoyo mínimo. Me detendré en lo más local y próximo, como reflexión breve sobre mi visión de CyAD en la actualidad.

Es evidente que la generación de profesores que estamos en CyAD, nacidos entre 1941 y 1955, incluso más grandes que participararon en la creación de la UAM, con nombres como, por mencionar algunos, Alberto González Pozo, Roberto Einbenschutz, Emilio Pradilla, Blanca Ramírez, José Ángel Campos, Rodolfo Santa María, Concepción Vargas, Jorge Andrade, Enrique Bonilla, Bruno de Vecchi, Vicente Guzmán, Víctor Muñoz, Horacio Sánchez, Juan Oliveras y el que escribe, o ya están en proceso de jubilarse, o lo haremos en pocos años. Las dos siguientes generaciones, los nacidos entre 1956 y 1970 y la de 1971 y 1985, como Pablo Quintero, Dulce García, Carmen Ramírez, Luis Guerrero, Carlos Mercado, Javier Soria, Haroldo Alfaro, Martha Flores, Gonzalo Becerra, Juana Martínez, Sonia Orozco, Alejandro Tapia, Luis Andrade, Felipe Moreno, Jorge Pacheco, Roberto Padilla, Jaell Duran, Homero Mendoza y Gerardo Álvarez entre otros, o más jóvenes y que incluso ya tienen varios años como temporales pero con gran compromiso, como Guadalupe Morales, Cesar Herrera y Edgar Martínez. Todos ellos serán los responsables de encabezar CyAD los próximos diez, quince años o más.

El panorama es muy complejo e inestable, debido a los recortes presupuestales, que han hecho que la UAM destine alrededor del 90% de sus recursos en pagar salarios. Aunque hay una paradoja en la burocracia universitaria, cuando generalmente se dice que “no hay recursos para nuevas plazas”, sin embargo, se sabe que en CyAD están atoradas por diversas razones, plazas de personas que se han retirado o fallecido, y que tienen años sin convocarse. Un problema que afecta, tanto a la investigación como a la docencia. Otras limitaciones, es que algunos de los profesores que ya ganaron una plaza, los procesos para promoverse a una categoría mayor se han endurecido demasiado, por no decir burocratizado en extremo, aunque no pocos ya tengan el grado de doctorado, varios años en la docencia, y con productos de investigación de gran calidad.

Me pregunto si estas nuevas generaciones, podrán construir condiciones académicas adecuadas dentro de sus posibilidades, que seguro por disposición y calidad no habrá problema, pero ante los retos y limitaciones de nuestra universidad y país, vaya que no será fácil. Por lo pronto esta la incertidumbre de que México nos espera a partir del próximo 2 de junio y 1 de noviembre, si habrá continuidad de una transformación que no se reconoce, o un regreso a políticas que demostraron en demasía, su incapacidad para reducir las grandes desigualdades. Estaremos atentos, desde otra trinchera, los mas “viejos”, de ese proceso que depara nuestra realidad actual. Entre tanto, El Trazo Semanal, publicara algunos números impresos por lo que resta de año, manteniendo abierto su blog, hasta que “el cuerpo aguante”. Gracias a todos los que lo han hecho posible.

Vaya que México es muy distinto al de 2009, cuando se colgaron los primeros Trazos… y no se diga al de 1974, cuando se fundo nuestra querida UAM.


*Arquitecto, profesor investigador de la UAM Xochimilco y editor de El Trazo Semanal. .


Mayo, 2024