Mamani y el espejo de la modernidad

 

Mamani y el espejo de la modernidad

Javier Caballero Galván*

 

Cruzar el espejo que la modernidad nos ha impuesto, no parece ser una alternativa viable para los pueblos que ven en él su propia imagen devaluada. Sin embargo, el arquitecto aymara Freddy Mamani, nos demuestra a través de sus edificios y de su enorme creatividad, que no sólo es posible atravesarlo sino estrellarlo en nombre de la dignidad.

 


Freddy Mamani es un arquitecto, ingeniero y constructor aymara que decidió traspasar el “espejo” de la modernidad. Un acto que, desde mi perspectiva, es el resultado lógico de la resistencia que ha ejercido un pueblo al que a sangre y fuego se le ha intentado grabar en el rostro el signo de la subordinación. Hoy, sino de manera general, muchos indígenas bolivianos se colocan delante de este “espejo” para mirarse en la lucha y recordar que no se puede vivir sin dignidad. Por ello los edificios que Mmani diseña y construye, conmueven e impactan, justo porque se está delante de una afrenta espacializada; una obra que desafía no sólo al paradigma arquitectónico promovido por la academia, sino a toda una ideología que ha intentado convencernos de que aceptar el lugar en el mundo que la modernidad nos ha asignado, es el único horizonte posible. Se trata sin duda de un manifiesto que no puede pasar desapercibido, justo porque señala asertivamente la descentralidad del lugar de enunciación dominante hasta ahora localizada en el sujeto moderno.

Este “espejo” al que nos referimos, es una metáfora interesante del efecto ontológico que ha producido la modernidad. Como sabemos, el proceso de imposición civilizatoria europea que ha operado en el territorio americano durante más de 500 años no sólo ha consistido en la explotación de la naturaleza y de la fuerza de trabajo local, sino que ha construido un sistema social perfectamente articulado sobre la base de un sujeto “superior”. Me refiero al sujeto moderno, a esa abstracción conceptual que se materializa a través del color de la piel, del dato sexual, del dato cultural o religioso y que permite controlar sus dividendos. En este sistema, el sujeto moderno es “superior” per se, y no existe mayor explicación; todo aquel que no sea moderno, es inferior y no hay forma de modificar este principio elemental.

Aunque hoy puede parecernos completamente absurdo, las prácticas sociales contemporáneas nos desmienten y nos demuestran que se trata de un principio vigente. Una permanencia extraordinaria porque la tesis por sí misma es sumamente frágil: ¿por qué este sujeto es superior? ¿Por qué su superioridad óntica tiene como base el dominio material? ¿Por qué es superior el color de piel blanco? ¿Por qué el arte burgués, blanco y masculino es mejor que la “artesanía” indígena? Así que sabiendo que preguntas tan ingenuas cimbran con facilidad el edificio de una organización social absurda, se optó por construir un referente marginal que fuera consciente de su propia irrelevancia existencial. En otras palabras, se produjo un “otro” automáticamente inferior, al que no se tuviera que estar convenciendo de ello: que simplemente lo fuera y lo supiera.

La estrategia se fue encontrando gradualmente en el proceso mismo de modernización, pues se descubrió que, a los sujetos no europeos, no blancos, no hombres y no burgueses se les podía extraer con facilidad su propio trabajo; una acción que los vaciaba y los dejaba sin contacto con el mundo que producían. La enajenación fue y ha seguido siendo, el principal instrumento de la colonización y del proceso de aculturación más eficiente, justo porque se trata de un fenómeno que pone delante de los explotados el “espejo de la modernidad”, es decir,  la devolución de una imagen devaluada y fragmentada de sí; una imagen que los coloca por debajo de aquel ser inexplicablemente “superior” que los flagela y les impedía comprender por qué es este el lugar que les corresponde. Este efecto especular ha generado con el tiempo la frontera que separa la zona del ser de la del no-ser, si gustamos remitirnos al pensamiento de Fanon, o bien, a la línea abismal, que escinde la existencia relevante de la no existencia, si preferimos recurrir al pensamiento de De Sousa Santos. En cualquiera de ambos, el “espejo” es un dispositivo de control que bloquea la mirada hacia adentro y hacia afuera, y produce un sin sentido que impide comprender que existen dos zonas. Y es que justamente de eso se ha tratado la estrategia, de impedir que el que está del otro lado de la línea (el marginado y excluido) sea incapaz de concebir tanto su lugar de enunciación como la posibilidad de trascenderlo.

La arquitectura es por ello un ejemplo excelente de este proceso. Por un lado, es una actividad que depende completamente de la especialización técnica y artística; y por el otro, se trata de la materialización de los códigos que el sistema de exclusión reproduce. En efecto, los trabajadores que la hacen posible dejan de sentirla como suya porque sin saberlo son despojados de los códigos necesarios para hacerlo; espacio sin significado es un espacio lleno de nada. La ilegibilidad de lo habitable produce la extrañeza que es constitutiva de ese “otro” moderno.

Ahora bien, ¿de qué forma estos códigos son sustraídos? ¿existe forma de evitarlo? Un factor necesario para ello podría ser evitando que los productores sean despojados de su trabajo, cosa que se antoja compleja dentro del modo de producción capitalista. Pero existe un atajo que bien podemos promover, a saber, la responsabilidad académica, la obligación de concientizar y concientizarnos del efecto que causa la rigidez del paradigma disciplinario, esto es, de una práctica que se niega a reconocer que existen otros saberes y otros valores que la forman; narrativas que pretenden negar la diversidad de la arquitectura porque no se aceptan las historias, tradiciones y estilos de vida que se encuentran fuera de la modernidad.

En este sentido, la academia arquitectónica puede ser tan severa como las demás, pues concibe una sola forma de producir su objeto de estudio y no admite ni variaciones ni confusiones. Y es comprensible porque mucho le ha costado sistematizar un oficio que de alguna manera no ha dejado de serlo; porque la arquitectura nació siendo eso, un oficio que poco tiene que ver con la formación rigurosa y técnica que se impone en las aulas y en los tratados.

Tenemos que comenzar por reconocer que la propia academia se ha encargado de ir marginando a los trabajadores de un conocimiento que antes les pertenecía y que dominaban a partir de la estructura de su vida cotidiana. Se sustrae el saber popular y se le da una base “científica” para modernizarlo y legitimarlo ante un gremio que no puede pensarse más allá de su propia “especialización”. De esta manera, al que antes era el artífice de la producción espacial, hoy se le otorga el estatuto de neófito o más radical, de ignorante.

Mamani sufrió este revés a pesar de haber pasado por la Universidad Mayor de San Andrés, ya que, incluso habiendo estudiado ingeniería y posteriormente arquitectura, se le relegaría del gremio porque a decir de los “especialistas”, el arquitecto aymara tiene una lógica bidimensional no espacial, y en consecuencia genera fachadas como si estuviera trabajando con textiles. Según éstos, nada que ver con el arte de crear “espacio”. Sin embargo -lo que este ignora- es que el “espacio” es otro en la marginalidad constitutiva, tiene otra forma en la zona del no-ser, y esto es justo la que Mamani acarrea en sus criterios de diseño.

La modernidad pronto supo que eso podía ser un problema y de alguna manera se obligó a trabajar con un conocimiento sistematizado en el lugar de “todos”, en el espacio público, pues ese“otro” no podría ejercer su “inferioridad” si los códigos en las ciudades seguían siendo producidos desde su “extraña” zona. La arquitectura homogénea capaz de aniquilar el factor cultural en el que se reproduce esa otredad, comenzó a realizarse con el argumento de la necesidad de vivienda masiva. La maqueta con la que soñaba incansablemente Le Corbusier y toda la Bauhaus, comenzó su diatriba. La ciudad moderna, concebida no en la forma de vida de la gente ni en los modos de organización comunal, sino en el restirador de algún urbanista sacado de la Escuela de Chicago, comenzó a funcionar como un espejo de dimensiones descomunales que se ha encargado de devolverle a los habitantes no urbanos una imagen de atraso y subdesarrollo, y un sentimiento de exclusión a todas las personas hacinadas en las zonas conurbadas (“coincidentemente” donde se encuentra la zona del no-ser).

En este sentido, la academia ha creado y difundido las tramposas etiquetas de “arquitectura vernácula”, “autoconstrucción” o “arquitectura popular”, para intentar encapsular a todas aquellas producciones espaciales que no nacen de lo que Bolívar Echeverría llamó el “estado de partitura”, es decir, esa región temporal en el que la idea, organizada y racionalizada bajo cánones específicos, aún no se materializa.

En consecuencia, la arquitectura que produce la gente y que tiene la virtud de formarse en comunión con el territorio, con las condiciones naturales y culturales específicas de su tiempo -la que podríamos llamar verdadera arquitectura orgánica-, es vista como un residuo histórico que arroja a todos sus habitantes y productores a la vitrina del museo patrimonial. Y es en esta línea donde se sitúan todos los detractores de Mamani, pues resulta intolerable para ellos saber que el “espejo” -por un instante- dejó de funcionar: el alarife aymara que estudió arquitectura decidió avanzar hacia este y estrellarse contra él, y entonces supo que su trabajo tenía valor; Ddecidió hacerse consciente de su lugar de enunciación. Por supuesto, Mamani no produce ni una arquitectura orgánica -en el sentido definido con anterioridad-, ni una arquitectura ajustada a los cánones académicos. ¿Qué es entonces lo que crea? ¿Cómo entender o leer la sintaxis visual que nos propone este artista?

Como mencionamos, Mamani dejó de ver su imagen devaluada en el “espejo” y sin proponérselo, se imaginó del otro lado; soñó -y así lo demuestran sus creaciones- con una modernidad aymara, con una forma de hacer arquitectura tardomoderna en El Alto, Bolivia. Y tal y como se exige en la formación arquitectónica en cualquier parte del mundo, innovó una morfología espacial que no tiene parangón.

Concibió el cholet, nombre peyorativo que combina la palabra chalet -vivienda unifamilar construida con madera característica de la campiña alpina- con la palabra cholo -nominación discriminatoria que recibe la población urbana con ascendencia indígena-, y que, en palabras del propio Mamani, decidió aceptar como acto de reivindicación. Comenzará de esta forma a conocerse su obra la cual será el resultado directo de localizarse del otro lado del “espejo”. Desde luego, no pensemos que con ello Mamani está cuestionando o poniendo en tensión a la modernidad capitalista; tampoco está pretendiendo modificar la forma en que se produce la arquitectura contemporánea. El cholet es el resultado de una pulsión que según nos explica Lefebvre, yace contenida en la realización del proceso de enajenación.[1]

La clave, desde mi perspectiva, es que Mamani no abandonó el concepto de la decoración; por el contrario, mantuvo -con base en la arquitectura de Tiahuanaco- el binomio inseparable de objeto-ornamento. Una fórmula que curiosamente también fue escindida durante el proceso de modernización, porque la decoración, justo a finales del siglo XIX en Europa, comenzó a considerarse como un añadido y una sobreposición completamente prescindible; una escisión perturbadora que me atrevo a afirmar no forma parte del sistema de conceptos que rige la estética de casi todos los pueblos premodernos. Pero la civilización moderna lo arranco después de su fase barroca y decidió internarse en el oscuro pasaje de la funcionalidad.

Para el siglo XVIII, el clérigo y matemático veneciano Carlo Lodoli, ya había comenzado a abogar por una arquitectura racionalista libre de la seducción sensorial que pregonaba el barroco contrarreformista; una arquitectura generada únicamente a partir de su función y carente de elementos ornamentales que para él no tenían ninguna utilidad. Pero será con el arquitecto austriaco Adolf Loos, que quedarán asentadas las bases de la expulsión del ornamento que ha permitido clasificar a todas la producciones espaciales y culturales fuera de Europa, como atrasadas. Loos incluso sentenció que el ornamento era un delito, y que la decoración había dejado de formar parte de la cultura europea, de la civilización y del futuro.

En este sentido la obra de Mamani se vuelve sumamente provocativa, y estresa a todos los arquitectos/as formados bajo la guadaña de la modernidad; la estridencia del color y la profusión de elementos que encuentran su razón y finalidad dentro del sistema que la obra misma propone, no tiene forma de ser juzgada y/o entendida. Por ello se etiqueta Mamani de “fachadista”, porque a decir de ellos, sólo agrega elementos en la fachada sin alterar la calidad del espacio interior. Pero el arquitecto aymara piensa en otra cosa, porque justo esta decoración que usa de manera tan categórica es la parte invisible de la pulsión de esa forma natural que la enajenación continuamente está tratando de aniquilar. Una pulsión que un día vence y desvela la potencia del trabajo no enajenado, aquel que le pertenece al trabajador, y que, al hacerse consciente de ello, modifica la forma en que se mira en el “espejo de la modernidad”.

La dignidad con la que Mamani diseña, debería ser un aliciente no sólo para todas las personas que consideran que su forma de imaginar el mundo es inocua, sino sobre todo para un gremio que peca de soberbia y que mucho podría hacer si decidiera incluir entre sus paradigmas la imaginación, la resistencia y la diversidad.

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*Estudiante del Doctorado en Ciencias y Artes para el Diseño, UAM-X.

Referencias:

 

Echeverría, B. (Ene-Jun 2006). “Lefebvre y la crítica de la modernidad”. Veredas. Vol. 7 (12) pg. 33-37

 

 



[1] En su texto “Lefebvre y la crítica de la modernidad”, Bolívar Echeverría explica que el concepto de enajenación en Marx puede dejar de ser entendido como un concepto acabado; como si el capital, en su proceso de reproducción, le sustrajera el trabajo al sujeto de una vez por todas y para siempre, y decidiera depositarlo en el objeto. Lefebvre -nos dice Echeverría- nos obliga a comprender que la enajenación es más un acontecimiento que un destino, algo que tiene que estar ocurriendo permanentemente porque el valor de uso generado por el mundo de la vida, se renueva siempre. “La enajenación está siempre aconteciendo porque la forma natural siempre está reviviendo y siendo subordinada, subyugada por la forma de la valorización, por la acumulación de capital, por el valor valorizándose.” (Echeverría, 2006, pg. 36).


JUNIO,2024

El Trazo Semanal, 15 años y la incertidumbre del relevo generacional en CyAD

 


Alejandro Ochoa Vega*

 

Pues resulta que se cumplen 15 años de este medio de difusión de temas de diseño, como periódico mural y blog, con el apoyo inicial de mis amigos y ex alumnos  Fernando Minaya, Pamela Vicke, y mi área de investigación, Procesos Históricos y Diseño (PHyD) del Departamento de Métodos y Sistemas (MS), como respaldo. Un esfuerzo que nace de un interés personal añejo, por el valor de las notas periodísticas, y hemerográficas en general, las cuales he recapitulado por años y que seguro no me alcanzara la vida para organizarlas, digitalizarlas y compartirlas en números futuros de El Trazo Semanal (TS).

Después al emigrar Fer y Pame a la UAM-A, mis alumnos de servicio social han sido claves para llegar a este aniversario. No obstante, con todo y que hubo apoyo de la Dirección hasta marzo de 2020 para su impresión y que pudiera crecer con nuevas vitrinas, que hacen al TS visible en casi toda la Unidad, la pandemia detuvo su versión impresa por dos años, y al volver, la nueva gestión de CyAD cerró la oficina de Vinculación Externa (donde se imprimía) y han sido PHyD y MS los que han hecho posible que sobreviva, aunque con una periodicidad quincenal, y ya no semanal. El contexto interno de la División, Unidad y UAM en general, así como el externo nacional e internacional, hace difícil mantener un esfuerzo académico, que, aunque muy modesto, si requiere un apoyo mínimo. Me detendré en lo más local y próximo, como reflexión breve sobre mi visión de CyAD en la actualidad.

Es evidente que la generación de profesores que estamos en CyAD, nacidos entre 1941 y 1955, incluso más grandes que participararon en la creación de la UAM, con nombres como, por mencionar algunos, Alberto González Pozo, Roberto Einbenschutz, Emilio Pradilla, Blanca Ramírez, José Ángel Campos, Rodolfo Santa María, Concepción Vargas, Jorge Andrade, Enrique Bonilla, Bruno de Vecchi, Vicente Guzmán, Víctor Muñoz, Horacio Sánchez, Juan Oliveras y el que escribe, o ya están en proceso de jubilarse, o lo haremos en pocos años. Las dos siguientes generaciones, los nacidos entre 1956 y 1970 y la de 1971 y 1985, como Pablo Quintero, Dulce García, Carmen Ramírez, Luis Guerrero, Carlos Mercado, Javier Soria, Haroldo Alfaro, Martha Flores, Gonzalo Becerra, Juana Martínez, Sonia Orozco, Alejandro Tapia, Luis Andrade, Felipe Moreno, Jorge Pacheco, Roberto Padilla, Jaell Duran, Homero Mendoza y Gerardo Álvarez entre otros, o más jóvenes y que incluso ya tienen varios años como temporales pero con gran compromiso, como Guadalupe Morales, Cesar Herrera y Edgar Martínez. Todos ellos serán los responsables de encabezar CyAD los próximos diez, quince años o más.

El panorama es muy complejo e inestable, debido a los recortes presupuestales, que han hecho que la UAM destine alrededor del 90% de sus recursos en pagar salarios. Aunque hay una paradoja en la burocracia universitaria, cuando generalmente se dice que “no hay recursos para nuevas plazas”, sin embargo, se sabe que en CyAD están atoradas por diversas razones, plazas de personas que se han retirado o fallecido, y que tienen años sin convocarse. Un problema que afecta, tanto a la investigación como a la docencia. Otras limitaciones, es que algunos de los profesores que ya ganaron una plaza, los procesos para promoverse a una categoría mayor se han endurecido demasiado, por no decir burocratizado en extremo, aunque no pocos ya tengan el grado de doctorado, varios años en la docencia, y con productos de investigación de gran calidad.

Me pregunto si estas nuevas generaciones, podrán construir condiciones académicas adecuadas dentro de sus posibilidades, que seguro por disposición y calidad no habrá problema, pero ante los retos y limitaciones de nuestra universidad y país, vaya que no será fácil. Por lo pronto esta la incertidumbre de que México nos espera a partir del próximo 2 de junio y 1 de noviembre, si habrá continuidad de una transformación que no se reconoce, o un regreso a políticas que demostraron en demasía, su incapacidad para reducir las grandes desigualdades. Estaremos atentos, desde otra trinchera, los mas “viejos”, de ese proceso que depara nuestra realidad actual. Entre tanto, El Trazo Semanal, publicara algunos números impresos por lo que resta de año, manteniendo abierto su blog, hasta que “el cuerpo aguante”. Gracias a todos los que lo han hecho posible.

Vaya que México es muy distinto al de 2009, cuando se colgaron los primeros Trazos… y no se diga al de 1974, cuando se fundo nuestra querida UAM.


*Arquitecto, profesor investigador de la UAM Xochimilco y editor de El Trazo Semanal. .


Mayo, 2024

 

La niñez y la ciudad

La niñez y la ciudad

 

La niñez y la ciudad

Juan Carlos Rojo Carrascal*

 “La ciudad moderna es una ciudad en crisis porque ha perdido una buena parte de sus habitantes: los más vulnerables”.

 Así lo sentenció Francesco Tonucci en la reunión de la Red Mexicana de Ciudad de los niños y de las niñas al mencionar cómo la niñez, la gente mayor y quienes tienen dificultades para desplazarse de forma autónoma están dejando de salir de casa por su cuenta. Cada vez es más peligrosa la calle, porque cada vez hay menos gente en ella y cada vez es más inaccesible.

El pasado 20 de febrero tuvimos un encuentro virtual todos los que de una u otra forma promocionamos el proyecto del Pedagogo Italiano Francesco Tonucci, quien tiene décadas promoviendo la participación de los niños y de las niñas en la toma de decisiones con respecto a las ciudades.

 Ellos tienen muy claras sus necesidades para su desarrollo personal sustentado en su autonomía, el derecho al juego y al goce del espacio público sin que se ponga en riesgo su integridad. Una ciudad sana y segura para la niñez es una ciudad sana y segura para toda la gente. Como en el cuento El traje del emperador, de Hans Christian Andersen, donde dos charlatanes le confeccionaron un supuesto traje al Rey con la advertencia de que era invisible para la gente incapaz y por ello, nadie se atrevió a decirle al Rey que el supuesto traje no existía hasta que un niño lo dijo como debe ser, sin filtros -El Rey va desnudo.

Generalmente, a medida que los niños crecen, dejan de ser auténticos para entrar a este mundo de la adultez donde terminamos todos adoptando los hábitos de siempre, y donde, por uso y costumbre, sumisos renunciamos a los cambios que puedan hacer funcionar de otra forma las ciudades. Tenemos siempre miedo a experimentar. Francesco Tonucci a través de este Laboratorio promueve integrar en las ciudades los Consejos de Niños y Niñas (de entre 8 y 11 años, elegidos de forma aleatoria) que se reúnen periódicamente para opinar y ser escuchados por las autoridades municipales y principalmente por los alcaldes o alcaldesas.

Los municipios de San Pedro, Monterrey, León, Zapopan y Zamora ya tienen forma- dos sus consejos y comienzan a dar resultados. La infancia exige vivir la ciudad y tener los mismos derechos y condiciones que los adultos tenemos. No podemos negarles la ciudad por una supuesta protección que cada vez les está afectando más en su desarrollo y autoestima. Los mayores peligros para la niñez están en sus casas. Actualmente entran por cualquier pantalla.

El Laboratorio tiene muchos avances en ciudades colombianas, peruanas, brasileñas y sobre todo argentinas. El año pasado tuve oportunidad de visitar Buenos Aires y Rosario donde operan los consejos de niños y niñas que son siempre escuchados y atendidos por sus alcaldes o alcaldesas. Han logrado disminuir el tráfico en algunas calles, mejorar espacios públicos, instituir el día del juego o desarrollar lugares de encuentro para la niñez (como el llamado tríptico de la infancia en Rosario que lo conforman La Isla de los Inventos, La Granja de la Infancia y El Jardín de los Niños).

Por nombrar algunos, dos bellos proyectos surgieron de aquellos consejos: ¿Y si llenamos la ciudad de mariposas? Proyecto que recupera el paisaje nativo en plazas y parques a partir de la plantación de asclepias. Y Ale Río que consiste en paradas amigables para pájaros urbanos mediante la instalación de casitas de pájaros como una manera de reflexionar sobre las formas ciudadanas de acoger a los demás. En 1989, los dirigentes mundiales suscribieron un compromiso histórico con la niñez mundial al aprobar la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño.

México está incluido. Entre los derechos de esta Convención existen dos artículos que han inspirado a los trabajos del Laboratorio: el Artículo 13 que expone que “El niño tendrá derecho a la libertad de expresión; ese derecho incluirá la libertad de buscar, recibir y difundir informaciones e ideas de todo tipo, sin consideración de fronteras, ya sea oralmente, por escrito o impresas, en forma artística o por cualquier otro medio elegido por el niño”, así como el Artículo 31, donde se “reconoce el derecho del niño al descanso y el esparcimiento, al juego y a las actividades recreativas propias de su edad y a participar libremente en la vida cultural y en las artes”.

Si realmente se cumpliera con estos dos compromisos, las ciudades mexicanas fueran muy diferentes de lo que hoy son. En Culiacán tuvimos algunos ejercicios interesantes inspirados en los trabajos del Laboratorio. Si bien, no con la rigurosa metodología que se recomienda, desde el Instituto Municipal de Planeación Urbana hicimos una consulta pública (en 2017) donde implementamos los llamados Foros Zonales que incluían la sección infantil para que decenas de niños y niñas nos compartieron sus sueños para la ciudad de Culiacán a través de frases escritas y dibujos en una extensa manta de 15 metros donde la niñez culichi planteó un futuro muy alentador. Siempre llevo presente una sencilla y a la vez profunda frase que escribió una niña de 9 años: “Me gustaría que todos respeten a los demás”. De una u otra manera este deseo quedó implícito en la redacción de la visión del Programa de Desarrollo Urbano del Centro de Población de Culiacán, hoy publicado, que dicta “Culiacán, ciudad segura donde la naturaleza es belleza, el respeto es cultura; y su esencia, la gente”.

Culiacán. Ejercicio de participación de niños y niñas en un parque público

Ciudad de niños en Rosario Argentina
Niñas y niños en Rosario Argentina
Calles de Pontevedra, Ciudad inclusiva para niños y niñas
Calles peatonal de Pontevedra, Ciudad inclusiva para niños y niñas
Niños jugando en el proceso de la obra de la vía escolar Amado Nervo en Culiacán


*Tomado de El Noroeste Culiacán Sinaloa 26.02.2024.

 **Arquitecto, Maestro en Arquitectura, Doctor en Geografía y profesor de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Sinaloa.

FEBRERO 2024

La vacuidad discursiva del premio Pritzker

La vacuidad discursiva del premio Pritzker

 

La vacuidad discursiva del premio Pritzker

Javier Caballero Galván*

 

Zona residencial de Banqiao, foto Nam Goongsun

 

Este 2024, Riken Yamamoto fue elegido ganador del prestigioso premio Pritzker, y, como todos los años, la Fundación Hyatt emitió una justificación escrita sobre la distinción. Sabemos de antemano que en el oficio arquitectónico, es siempre un amplio grupo de personas el que hace posible una obra, pero la obsesión por poner toda la responsabilidad en una sola no sólo es el eje sobre los que se han creado los premios y reconocimientos, sino el axioma principal sobre el que se levanta la disciplina en nuestro tiempo. En efecto, al llamado “nobel de la arquitectura”-que vanagloria y ensalza al genio creador-, le resulta muy complejo justificar por qué tal o cual profesional amerita el reconocimiento; en realidad, hace “malabares” discursivos para intentar velar la arbitrariedad de la nominación y coadyuvar a mantener intacto el sistema mismo sobre el que opera la disciplina.

 

Sabiendo entonces que la idea renacentista de la creación ex nihilo es, en pleno siglo XXI, una verdadera farsa, el jurado construye un discurso apologético del ganador e intenta explicar por qué su creación, que no le debe nada a nadie, vale la pena mencionarla y distinguirla. Y justo por esa paradójica condición, es que tal “justificación” es un conjunto de palabras que muy poco dicen y que abruman con su cínica vacuidad. Impresiona de hecho la cantidad de lugares comunes utilizados para convencernos de la “genialidad” de una obra que, de hecho, tendría que hablar por sí misma, y es cuando menos, significativo que tenga que hacerse una declaración escrita para tal efecto. Tal vez, lo que hay en el fondo, no sea del todo aceptable y tenga que recurrirse a ello para intentar velar una realidad inocultable, esta es, la de un objeto arquitectónico que es hoy por hoy una simple y llana mercancía. Así que tal vez difuminarla a través de la falsa idea según la cual la arquitectura es un instrumento de cambio social, no sea más que una estrategia.

 

Pero veamos la llamada citación del jurado, la cual argumenta así la razón por la cual se decidió otorgar el premio al arquitecto chino: “En su larga, coherente y rigurosa carrera, Riken Yamamoto ha logrado producir arquitectura como fondo y primer plano de la vida cotidiana, desdibujando los límites entre sus dimensiones pública y privada y multiplicando las oportunidades para que las personas se encuentren espontáneamente, a través de estrategias de diseño precisas y racionales.” (https://rb.gy/n037bo) En primer lugar, la arquitectura siempre ha sido fondo y primer plano de la vida cotidiana; no existe un solo edificio que no lo sea, aunque ello sea un oxímoron. Todo espacio habitable es secundario en la vida de las personas -solo quien se dedica a la construcción la tiene siempre presente-, y paradójicamente se mantiene siempre interactuando con nuestras actividades. Así que proyectar y construir un edificio que no sea fondo y primer plano es completamente absurdo. De hecho, son las personas que habitan y experimentan las estructuras espaciales las que en todo caso producirían este efecto, pero nunca quien diseña.

 

En segundo lugar, desdibujar los límites entre lo público y lo privado, es discursividad pura. Se trata de una división que no se deshace porque se exhiba un interior, o porque uno pueda asomarse a un jardín privado para ver qué hacen sus propietarios. La división público-privado es una dicotomía creada por la modernidad para su propia materialización. De hecho, es su soporte. Sólo así, la ciudad capitalista tiene la forma que tiene y puede contribuir a impulsar su propia existencia. Es una distinción axiomática que no puede ser disuelta, y mucho menos por un simple edificio. Consideramos que se trata más bien, de un eufemismo que evita mirar el fondo del problema, a saber, el de la propiedad privada -paradigma de la modernidad capitalista- que despoja a la mayoría de las poblaciones de sus territorios y del control de sus propios recursos. Incluso, la idea misma del espacio privado es justo el factor que ha destruido la base comunal.

 

Lo terrible es que la argumentación del jurado se basa en que el arquitecto chino, con su forma de configurar el espacio, fomenta la comunalidad. Argumenta Alejandro Aravena: “Al difuminar cuidadosamente el límite entre lo público y lo privado, Yamamoto contribuye positivamente más allá del encargo para permitir la comunidad.” Como si ello dependiera del arquitecto y no del contexto social de la obra o de las personas, que así como lo expone el premio Pritzker y jurado, tal parece que estas son meras marionetas que actúan como lo dispone el arquitecto(a). Bajo esta línea argumentativa, una ciudad sin plazas públicas impediría la vida social, algo que, en realidad, no ocurriría. Es importante tener claro que poner un cristal en lugar de un muro, no “desdibuja” per se una significación espacial anclada en el duro orden simbólico de la modernidad. Así lo demuestran las vitrinas que exhiben los centros comerciales y que, invitando a comprar, terminan reforzando la imposibilidad económica de hacerlo. De hecho, los edificios de cristal, son justo aquellos que menos invitan a producir comunidad, pues siempre hay una mirada vigilante que está atenta a disuadir los usos distintos que puedan las personas improvisar.

 

Y, en tercer lugar, vale la pena reflexionar la forma en que se justifica esa supuesta producción de comunalidad, esto es, a través de “estrategias de diseño precisas y racionales”. No se especifica en qué consisten, pero lo que sabemos es que son efectivas porque así lo señala el jurado. Ello significa entonces que, si las personas no se encuentran espontáneamente en los espacios diseñados por miles de arquitectos alrededor del mundo, es porque no han aplicado una estrategia precisa y racional. Para colmo, la resonancia de esta vacuidad discursiva, llega a las revistas de difusión arquitectónica cuyos editores y columnistas la toman como si se tratara de una verdad revelada. Así por ejemplo Elizabeth Fazzare de AD menciona (https://rb.gy/5j92ff): “Esta filosofía puede verse en los proyectos de Yamamoto en todas las tipologías, desde viviendas que incluyen terrazas que abarcan varias unidades o patios compartidos con el público hasta espacios normalmente inaccesibles para los extranjeros.”

 

Al parecer, la columnista quiere ignorar que el Movimiento Moderno ya había experimentado en esa dirección sólo para darse cuenta que la arquitectura por sí misma no puede producir ni controlar ninguna conducta social, y que, en todo caso, ésta recae en manos de la historia de una comunidad, de su condición económica y política, y de su propia organización. Sólo así es posible explicar que una terraza o un patio compartido puedan producir comunalidad, pero dista de serlo si estas configuraciones espaciales se realizan en sociedades altamente diferenciadas y con una larga historia de desigualdad.

 

El final es sencillamente una joya: “Creó conciencia en la comunidad sobre la responsabilidad por las necesidades sociales; cuestionó los principios arquitectónicos y escudriñó cada iniciativa arquitectónica; y, sobre todo, nos recordó que en la arquitectura, como en la democracia, la forma en que se da forma al espacio debe ser decidida conjuntamente por la gente. Por ello le otorgamos el Premio Pritzker 2024.” (Las cursivas son mías). Y subrayamos la comparación que se establece entre arquitectura y democracia, por la cantidad de interpretaciones a la que se sujeta. Creemos de hecho, que son dos conceptos que se dan la espalda, porque justo en la modernidad capitalista ha sido justo cuando arquitectos(as) y planificadores(as) urbanos han desdeñado por completo la opinión, la experiencia y la voluntad colectiva, y la han cambiado por el poder del dinero y por la voluntad de los dueños del territorio. En fin, tal vez si el premio se asignara sin ninguna explicación -sin ningún discurso emitido por un jurado a modo-, al menos contaría con la sinceridad y la transparencia que le otorgaría su propia discrecionalidad.

 


Zona residencial de Banqiao, foto Nam Goongsun


*Arquitecto y estudiante del Doctorado en Ciencias y Artes para el Diseño de la UAM Xochimilco.

Abril, 2024

Pastillas contra el tráfico vehicular.

Pastillas contra el tráfico vehicular.

 

Pastillas contra el tráfico vehicular*.

 Juan Carlos Rojo Carrascal**

 

“Los automóviles son una seria amenaza a la forma física de las ciudades”, así lo expresó Colin D. Buchanan, en 1963 en el Informe Buchanan como producto del estudio que le encargó el gobierno británico sobre los efectos a largo plazo del tráfico de automóviles en las áreas urbanas del Reino Unido. Hace 60 años el urbanista escocés predijo lo que pronto sucedió y sigue sucediendo en la mayoría de las ciudades del mundo.

El automóvil transformó no solo la forma física de las ciudades sino también los estilos de vida de sus habitantes, sus condiciones ambientales y la función del espacio público, particularmente la calle que pasó de ser el espacio de encuentro, caminabilidad, recreación, venta y socialización a ser, en su mayoría, de uso exclusivo del automóvil.

El informe Buchanan incluía planteamientos como los accidentes y la siniestralidad; el deterioro producido en el ambiente que se centraba en los ruidos, humos, olores, intrusiones visuales, estrés, ansiedad y problemas de salud debidos a la contaminación; y otras, como la expansión urbana.

No se puede negar que este invento motorizado trajo múltiples beneficios a la humanidad. Sobre todo, a las personas que han tenido posibilidad de adquirirlo, aunque debemos también reconocer que a quienes no han tenido esa posibilidad -que son mayoría- les ha propiciado serias repercusiones económicas, sociales, ambientales y de salud. Según la Organización Mundial de la Salud, las colisiones en las vías de tránsito causan en el mundo casi 1.3 millones de defunciones prevenibles y se estima que 50 millones de traumatismos cada año, lo que los convierte en la principal causa de mortalidad de niños y jóvenes en todo el mundo.

La contaminación es otro gran impacto del automóvil en las ciudades, ya sea por exceso de ruidos o gases tóxicos; o por los miles de árboles, plantas y especies de fauna silvestre que sucumben ante el crecimiento urbano y la obsesión de abrir cada vez más caminos a los vehículos para lapidar con asfalto y cemento grandes extensiones de áreas naturales.

Todo lo anterior sucede en nombre del progreso. Hasta la fecha, los gobiernos no dejan de anunciar nuevas vialidades como lo mejor que le puede suceder a las ciudades, que hasta cierto punto es normal, la ciudadanía lo festeja y mientras el espejismo de “la modernidad urbana” siga, la inversión seguirá fertilizando el tráfico en las ciudades. Es como echarle gasolina al fuego.

Hace poco más de un año, en el Foro-Taller de Movilidad Sostenible que organizó el Secretariado Ejecutivo del Sistema Estatal de Seguridad Pública del Gobierno de Sinaloa; Miguel Anxo Fernández, Alcalde de Pontevedra -ciudad gallega multipremiada por sus logros urbanos- impartió una interesante conferencia virtual en el Auditorio del MIA donde explicó “Una lección aprendida” lo dijo así “El tráfico no se mejora. Cualquier acción dirigida a mejorar el tráfico fracasa. La solución no es mejorar el tráfico, sino reducir la cantidad de tráfico”. Para terminar de interpretar esta acertada expresión, cabe agregar que “reducir el tráfico” significa disminuir considerablemente el uso del automóvil. Las intervenciones urbanas en Pontevedra han tenido siempre el objetivo de desestimular el uso del automóvil -no facilitarlo- y estimular más la caminabilidad. Para ello se ha reducido en muchos de los casos las dimensiones del espacio vial y se ha limitado considerablemente la velocidad de los vehículos motorizados.

En México, seguimos diseñando las ciudades con el volante en las manos. Quizá porque aquellos que toman las decisiones se mueven principalmente en automóvil y su ceguera no les permite recapacitar en los impactos negativos que generan las grandes inversiones en infraestructura vial. Ampliar o hacer más calles es y será siempre un factor de inhibición de otras formas de desplazarse en las ciudades como caminar, usar la bicicleta o incluso el transporte público que sigue sin ser prioridad en la vía pública como lo exige la nueva Ley General de Movilidad y Seguridad Vial.

Es todavía inevitable la inercia de las administraciones públicas de pavimentar cada vez más las ciudades y seguir invirtiendo en una supuesta mejora a los problemas del tráfico vehicular. Anunciar este tipo de inversiones pareciera ser muy redituable políticamente. Lo que sí me parece importante exigir es que no se anuncien cosas que no sucederán. La inversión en infraestructura vial no resolverá el problema del tráfico en las ciudades, sino todo lo contrario, lo incrementará a corto plazo. Es una historia que la hemos vivido por décadas y no terminamos de darnos cuenta de la realidad. No tratemos de curar el cáncer con una aspirina. No existen las pastillas contra el tráfico vehicular.

Es momento de cambiar la estrategia. La única solución para resolver el tráfico motorizado es reducirlo en cantidad, es decir, no seguir estimulando el uso del automóvil sino todo lo contrario, empezar a limitarlo de una vez. Las ciudades con futuro prominente serán aquellas que logren multiplicar la movilidad activa (caminar y usar la bicicleta) y que evidentemente logren disminuir la enfermiza dependencia que hemos generado del uso del automóvil.

Tráfico vial en Culiacán.
Tráfico vial en Culiacán.
Imágenes de Pontevedra, España
Imágenes de Pontevedra, España
Imágenes de Pontevedra, España


*Tomado de El Noroeste Culiacán Sinaloa 11.03.2024.

**Arquitecto, Maestro en Arquitectura, Doctor en Geografía y profesor de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Sinaloa.

 

Marzo 2024

Conferencia Magistral "Enseñanza de la Arquitectura y Feminismo"

Conferencia Magistral "Enseñanza de la Arquitectura y Feminismo"


 

Mérida, los riesgos de su popularidad

Mérida, los riesgos de su popularidad

Mérida, los riesgos de su popularidad*.

Juan Carlos Rojo Carrasal** 

En mi última columna escribí sobre el intenso proceso de transformación que la ciudad de Mérida está experimentando. En los últimos meses, el sistema de transporte público Va-y-Ven ha sido uno de los principales protagonistas en la ciudad. La modernización acelerada del transporte público es una de las mejores respuestas para afrontar el incremento del parque vehicular, los crecientes embotellamientos y los cada vez más constantes hechos de tránsito con lamentables consecuencias de salud en la población meridana. La intensificación del tráfico vehicular no era algo que distinguiera a la ciudad de Mérida. De hecho, un gran atributo de la ciudad era su tranquilidad que va de la mano con otro gran atributo que aún mantiene que es el de la seguridad pública en todas sus vertientes. Esto es algo que me consta, Mérida todavía ofrece un ambiente urbano de absoluta seguridad, aunque es latente el riesgo de perderlo. Los procesos que la ciudad está viviendo pueden romper esta mágica distinción que pocas ciudades del país pueden presumir. Precisamente promocionarse como la ciudad más segura de México le ha valido ser destino en solo cinco años -de 2015 al 2020- de más de 80 mil emigrantes provenientes de países de los cinco continentes, de todas las entidades del país e incluso de otros municipios yucatecos. La paradoja está en que la seguridad no es el único indicador de calidad de vida de una ciudad, pero sí es el que más vende. Otros indicadores que pueden llegar a ser indispensables para vivir con relativa tranquilidad en una ciudad incluyen la calidad ambiental del espacio público, la existencia de áreas de recreación y ocio, la movilidad urbana, los niveles de contaminación del aire y del agua, el suministro de servicios básicos como la energía eléctrica, el agua, así como los sistemas de salud, educación, entre otros más. El incremento exponencial de la población ha provocado una vorágine inmobiliaria sin precedente. Pequeñas poblaciones cercanas a Mérida (como Cholul, Kanasin, Umán o Caucel؅ (con tradiciones y costumbres centenarias de pronto se vieron rodeadas de interminables fraccionamientos urbanos e incluso de grandes condominios amurallados que han significado miles de hectáreas de deforestación de una milenaria selva baja caducifolia que oxigenaba la ciudad. Este proceso no parece tener freno. Desde el cielo, Mérida pareciera un volcán que hizo erupción y esparció sus cenizas de urbanización a kilómetros a su alrededor. Hay infinidad de consecuencias de este proceso que apenas comienza la gente a percibirlas, como en la teoría de la rana hervida -analogía tan recurrente en temas de urbanismo y medio ambiente- que explica que cuando se coloca una rana en un recipiente con agua hirviendo esta saltaría de inmediato y se salvaría. Pero si se mete a la rana al agua y ésta se calienta de forma gradual, la rana no percibirá el peligro y morirá. Un problema -entre muchos- que amenaza la sostenibilidad de Mérida es el drenaje pluvial y sanitario. En la península de Yucatán no existe ninguna pendiente pronunciada, es decir, toda la península es plana, no hay montañas ni grandes lagos o ríos. Es como una enorme piedra porosa con suelo sumamente permeable. Las reservas de agua están en el subsuelo. Mérida se ha construido sobre este escenario geológico y su expansión ha implicado la impermeabilización del territorio de tal forma que las lluvias torrenciales ponen en jaque a toda la ciudad por la lenta evacuación del agua de las calles. Por otro lado, su condición horizontal del territorio dificulta el desarrollo de un sistema de drenaje sanitario. De hecho, no existe. El sesenta por ciento de las viviendas desechan sus aguas negras mediante sumideros o fosa sépticas, es decir, todo se queda en casa, en el subsuelo. La combinación de aguas negras retenidas, más la lluvia filtrada y la sustracción de agua del subsuelo para uso doméstico no suena una combinación saludable. En cuanto el suministro de energía eléctrica para las grandes ciudades de la península también es un tema complejo. Los incrementos de temperatura inéditos en los últimos meses han propiciado una mayor demanda de energía eléctrica que también ha ocasionado constantes cortes de energía en los sectores más vulnerables de la ciudad. La principal fuente de energía eléctrica en la península es el gas natural proveniente de otras latitudes, lo que implica -además de los altos costos de suministro y generación- una frágil dependencia energética. La península apenas ha comenzado a generar su propia energía mediante plantas eólicas y solares que han surgido a costa de grandes conflictos territoriales que en muchos casos han vulnerado los derechos de los pueblos mayas. Finalmente, la movilidad urbana sigue siendo un tema preocupante en Mérida aun y cuando se ha invertido en un excelente programa de transporte público. Se requiere mucho más para afrontar una emigración que no solo viene decidida a vivir en Mérida el resto de su vida, sino que también viene decidida a continuar con sus hábitos de consumo y de vida propios de lugares insostenibles como es el vivir en condominios privados, ir a todos lados en automóvil, abusar del consumo de agua y de luz; en fin, hábitos que muy probablemente contribuyeron a que sus ciudades de origen sean esas a las que ya no quieren regresar. Quien gobierne la ciudad tendrá que implementar una estrategia que controle la expansión física de la ciudad y redireccione las políticas urbanas hacia un modelo sostenible. Un reto nada fácil, pero no imposible. Queda claro, que la península de Yucatán no soportará los altos índices de urbanización moderna a los que hoy se la está sometiendo.

Limite sur de Mérida

Arranque del programa Bici pública en Mérida

Ciclovías olvidadas a un costado de periférico

Paseo partame


Fraccionamiento Las Américas, de los nuevos conjuntos habitacionales que se desarrollan fuera del periférico, a través de la selva


 *Tomado de El Noroeste Culiacan Sinaloa 29.01.2024.

 **Maestro en Arquitectura, Doctor en Geografía y profesor de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Sinaloa. 

Enero 2024


Espacios distantes... aún vivos, Las salas de cinematográficas de la Ciudad de México

Espacios distantes... aún vivos, Las salas de cinematográficas de la Ciudad de México


 

En la búsqueda de “lo patrimoniable”. Reflexiones personales.

En la búsqueda de “lo patrimoniable”. Reflexiones personales.

 

En la búsqueda de “lo patrimoniable”. Reflexiones personales.

 

Sandra López Villegas*

Estefanía Hernández Cerón**

 

Como ayudantes de investigación realizamos tareas que están ligadas a la docencia, además de apoyar en actividades que promuevan la difusión y preservación de la cultura. En el marco del Coloquio Internacional Dimensión Simbólica del Patrimonio III, que se realizó en noviembre pasado en nuestra unidad Xochimilco, se llevó a cabo el taller “Arte, ciudad y patrimonio” a cargo de la Dra. Liliana Fracasso, con apoyo de la Mtra. Lis Sánchez cuyo objetivo era que los talleristas identificaran en lo cotidiano de la ciudad, “lo patrimoniable”. Asimismo, representar por medio de palabras, sonidos o imágenes un relato subjetivo que hiciera referencia a lo identificado previamente.

 

Reflexionando acerca de los objetivos, pero sobre todo interpretando personalmente el entendido hasta ese momento de “lo patrimoniable” cada una identifico recuerdos que nos permitían realizar la actividad. Nuestras memorias y la narrativa que fluyó, nos impulsaron a decidir integrarnos a una actividad de la que solo estábamos encargadas de apoyar como parte del comité organizador. Casualmente coincidimos en que nuestro lugar de origen nos permitía entender el patrimonio. Por un lado, para Estefanía, la ciudad de Martínez de la Torre, Veracruz, es un lugar que representa los recuerdos de tradiciones que se realizaban en el quiosco de la ciudad, sitio que era un punto de encuentro para que hombres y mujeres se conocieran, actividad que en su momento se consideraba romántica. Partiendo de este recuerdo, que personas mayores de la comunidad le han contado, ella se visualizó en los momentos que pasaba sentada en el lugar, las actividades que realizaba, los momentos que vivió ahí, lo que significó para ella ese lugar y por medio de la observación realizó un análisis de cómo las tradiciones cambian generacionalmente dando un significado diferente a cada persona. En el relato subjetivo realizado, plasmó por medio de dibujos el quiosco de la ciudad y alrededor actividades que se realizan como reuniones de amigos y familiares, juegos, comercio, bailes y conciertos que le han dado un sentido distinto a cada persona que habita en la ciudad y que ha convertido el quiosco un lugar importante y patrimoniable.

 

Y por otro lado, Sandra identificó que Tepecoacuilco, Guerrero ha logrado construir el significado de patrimonio gracias al sentido de pertenencia que sus abuelos inculcaron en cada integrante de la familia. Este significado se representó a través de una secuencia de dibujos que cronológicamente contaban una historia. El escenario principal tenía elementos característicos de Tepecoa[1] como el cerro de las iguanas verdes, el puente vehicular que separa a la presa de agua del pueblo, los caminos repletos de personas esperando el paso de procesiones religiosas y el famoso quiosco en donde saborear una nieve de arroz puede ser el momento más relajante del día. A este contexto se sumaron los personajes, en el primer acto aparecía una numerosa familia que tenía como cabecillas a dos personas, a la llegada del próximo acto estaba ausente una de ellas junto con la disminución de algunos miembros, finalmente se marchaba la figura de la segunda cabecilla y con ello unos familiares más, al término de la secuencia el pase de lista se redujo a uno. Hay que entender que ese uno no representa a la autora sino a la memoria que se conserva tras pasar momentos distintos día a día en ese lugar, esa memoria que permanece y se describe distinto según quien cuente esta historia.

 

A partir de reflexionar colectivamente los productos grupales e individuales concluimos que “lo patrimoniable” es generado a través de la cotidianidad como menciona la Dra. Fracasso, además de apoyarse de elementos sociales, territoriales y sensoriales que identifican a un lugar, la memoria individual y colectiva que se genera a partir de las vivencias o tradiciones, y en nuestros casos, por medio de lo que las personas logran transmitir.


Momentos de la práctica 



Resultado del taller

 

*Planificadora territorial y ayudante de investigación, Departamento de Teoría y Análisis. UAM Xochimilco.

**Arquitecta y ayudante de investigación, Departamento de Teoría y Análisis, UAM Xochimilco.

 

Fotografías de las autoras.

 

Enero 2024



[1] Diminutivo utilizado por los residentes o conocedores del lugar